miércoles, 24 de julio de 2013

Ebria melancolía.

Serví medio vaso de ron,
para la ocasión quedaba al final un poco suave,
probablemente un vaso de agua hubiese resultado un tanto más fuerte y embriagador,
hubiese desatado el nudo de mi garganta,
me hubiese hecho dormir plácidamente,
pensé en eso un instante,
pero para ser sincera fue una idea lo bastante inútil,
como si desatar un nudo en la garganta fuese cuestión de tomar un vaso de agua.

Tomé el primer trago,
me tragué tu sumisa sonrisa,
recordé como en ella hallaba colores inimaginables,
brillantes, pero ahora sólo eran opacos.

El segundo trago,
sentí como penetraba el calor de tu mirada en mi,
sentí como lograba elevarme a todas partes con sólo verme,
con sólo cruzar con ella,
sentí como me desnudaba,
me hacía suya, me quería.

Un tercer trago,
degusté tus labios en él,
ese roce antes de un beso,
mordí mis labios para traerte a través de mi,
un ligero escalofrío me envolvió,
recordé a tu boca recorriendo mi cuerpo,
creando un camino,
dibujando un mapa,
juró haber sentido como mi garganta pedía a gritos ayuda.

Un cuarto trago recreó tus caricias,
¡vaya! tus caricias...
Tus manos conociendo mi piel,
recorriendo mi vida, mi alma, mi cuerpo.

Un quinto trago hizo interferencia en el cuarto,
irrumpió en mis pensamientos,
y me dijo que no olvidara los instantes donde hacíamos nuestro propio amor,
el nudo se rompió,
mi rostro se empapó,
la habitación me quedó grande,
me sentí diminuta,
entendí cuanto te extrañaba.

Un sexto y séptimo trago rebobinó esa cinta que creía guardada.
El vaso parecía un pozo sin fondo, un nunca acabar.

Te visualice hablándome,
reír como siempre,
te vi viniendo a mi mientras me abrigabas en tus brazos,
te vi ahí,
quieto,
como al despertar cada mañana
cuando apenas abrías los ojos y te llenaba de un "buenos días"
y recordaba cuanto te quería,
ahí, justo ahí,
como si siguieras aquí, conmigo, a mi lado.



Heyzel Fernández

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